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jueves, 13 de mayo de 2010

La mujer que no se atreve a asomarse al espejo

He leído que Tánger parece, como dijo el poeta Tahar ben Jelloun, una mujer que ya no se atreve a mirarse al espejo. Por aquí han padado, entre otros William Burroughs que compartía tertulia con Paul Bowles en el café Hafa; Rita Hayworth se hospedó en el hotel El Minzah; Leonadro Di Caprio que recientemente ha rodado una película allí.

Tánger es una ciuedad que tiene una plena sensación vital que la transforma en una oportunidad única de sumergirse en el ángulo menos conocido de la cultura marroquí. Basta un día para conocerla, aunque hay quien gastaría (y quien gastó) más de un vida en ella.

Mi recuerdo comienza en la plaza del 9 de abril de 1947 (fecha en la que Marruecos consiguió la independencia). Aquí el ruido de las motos, el trajín de los petit taxis, eel trasiego de mercaderes y de los faux guides, (los ilegales guías turísticos que insistirán en acompañar al viajante hasta más allá de la saciedad), dan paso al Grand Socco, repleta de banderas nacionales y el sempieterno rey. El mercado grande (traducción literal de Grand Socco) separa la vieja ciudad de la nueva y da acceso a la medina, la zona más antigua de Tánger.

Nada más entrar se llega al parque de Mendoubia. Lo preside el gran banian, un árbol que, según nos contaron, lleva aquí más de ocho siglos. Desde lo alto de la plaza se vislumbra el acceso al barrio hebreo, que queda a la izquierda cuando se atraviesa la puerta portuguesa para acceder a la kasbah.

Esta zona amurallada (la kasbah) conformó en el pasado el núcleo político y judicial de la ciudad. Hoy es una de las zonas más pobres de Tánger y eso se nota en las calles, casas y niños que están por las calles.

Callejeando por sus intrincadas calles, pasando previamente por la calle de la kasbah donde compramos dulces típicos (cuernos de gacela y otras delicias) se llega hasta la plaza de la Kasbah, el lugar más alto de la ciudad. Pasando la muralla se accede a un mirador desde donde la vista se precipita sobre el abrazo eterno entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, Tarifa a lo lejos, incluso Gibraltar.

Bordeando la muralla portuguesa, recuerdo de la ocupación lusa de la ciudad, la kasbah queda atrás para bajar hacia el café Babá, ya de nuevo en la medina. Una foto de Keith Richards fumando en pipa da cuenta del paso de los Rolling Stones (y Oscar Wilde y Truman Capote y Tenesee Williams y Henri Matisse y Delacroix y Cecil Beaton) por este mítico local al que se accede tras subir dieciocho escalones (que nosotros los hicimos en bajada) donde el te (que me volví a tomar, esta vez en otra compañía) acompaña a los cigarros de hachís. Justo enfrente se encuentra la antigua casa de Barbara Hutton, la excéntrica millonaria que vivió grandes temporadas en Tánger.

Las calles del barrio francés, repletas de comerciantes, conducen hacia el Petit Socco pasando previamente por la puerta del Hotel Continental (mi estancia en diciembre la hice allí). La plaza del mercado chico (de nuevo literal de Petit Socco) fue en los años 30 y 40 el centro neurálgico de la actividad cultural de la ciudad. Allí se encuentra el Grand Café Central fundado en 1813 como cabaret, después se reconvirtió en cafetería tras la prohibición de venta de alcohol en la medina.

Llegados a este punto hay dos opciones. La primera consiste en seguir la vertiente hacia abajo para desembocar en la plaza de la Marcha Verde, entrada a la avenida de Mohamed VI que recorre toda la playa y el puerto. La segunda subir de nuevo hacia la plaza del 9 de abril siguiendo el recorrido de la calle más comercial de la medina, la calle de San Marino. Eligiendo esta última y bajando de nuevo por la Rue de Italia se puede comer en el restaurante Hamadi.

De nuevo en la Plaza 9 de abril y siguiendo por la rue de la Liberté (donde econtrarmos un lugar para el cambio de euros a dirham) se llega al bulevar Pasteur.

Ésta es la principal zona comercial de la nueva Tánger y es el lugar perfecto para comprar los suvenires más kistch entre todas las tiendas de aspecto retro que recorren la calle hasta llegar al bulevar de Mohamed V, abuelo del actual rey de Marruecos.

El Café París en la Plaza de Francia, en la esquina de la Rue de la Liberté con el Boulevar Pasteur, es uno de los más inspiradores de la ciudad, puede ser el sitio ideal para pasar la sobremesa tomando un té con menta en su terraza antes de partir en taxi a las afueras.

La ruta ahora se dirige hacia la gruta de Hércules, pero antes es preciso hacer una parada en el cabo de Espartel, extremo occidental de la ciudad. Coronado por el faro, este mirador permite contemplar toda la playa Robinson, punto en el que confluyen las dos aguas del Estrecho.

Sólo un poco más allá, por la carretera de la costa se llega a la gruta de Hércules, situada a unos 15 kilómetros de la ciudad. Según cuenta la leyenda, en esta mitológica cueva descansó el héroe romano (equivalente del Heracles griego) antes de una de sus doce pruebas. Dentro, una caprichosa forma que parece imitar la silueta del continente africano se abre ante el Atlántico para ofrecer uno de los atardeceres más espectaculares que pueden disfrutarse en Tánger.

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